Mucho sol, frío, exigencia física, boliche improvisado, cocina gourmet-carismática y también algo de shopping por Villa Ventana.
Día 1: casi dejamos a uno…
El lunes 8 de noviembre amaneció nublado, chispeando y con frío. El panorama no parecía muy alentador, pero The Weather Channel y WindGuru nos anticipaban una semana con mucho sol... y también con temperaturas bajas. Y así fue.
A partir de las 8.30, los chicos comenzaron a agruparse en el patio del colegio. Su ropa daba indicios de que se proponían pasarla bien, relajarse y liberar sus mentes de todo tipo de obligaciones, aunque de esto último no se escaparían con facilidad; la filosofía del campamento y el sentido de convivir con otros también implicaba ser solidarios y colaboradores.
El reloj ya había marcado las 9. Era hora de subir al ómnibus, pero aún faltaba… “¡Ahí está!, llegó Conrado, profe”, dijo uno de sus compañeros. Los bolsos a la baulera, el clásico conteo de alumnos, miradas entre padres e hijos para despedirse y ¡zarpamos!
Una vez en la ruta, y para comenzar a generar clima de convivencia, Mariano propuso una actividad; cada uno debía escribir en una de sus manos qué iba a dar de sí mismo a lo largo del campamento y, en la otra, lo que le gustaría recibir por parte de los demás. Fue un buen signo ver que predominaban palabras como alegría, sonrisas, felicidad y amistad. Por otra parte, entre charlas, juegos, películas, algo de música y algún libro, no tardaron en llegar preguntas como ¿cuántas horas faltan para llegar? o ¿cuándo paramos a almorzar?
Cerca de las 14, llegamos a la tan ansiada YPF de Azul, donde hicimos nuestra única parada para almorzar y estirar las piernas. Por supuesto, algunos aprovecharon ese momento para aprovisionarse de papas fritas, golosinas y alguna bebida.
Alrededor de las 17, llegamos a nuestro destino; el Camping Asmará, donde luego de una demostración por parte de las incansables profesoras Adriana y Marina, cada grupo armó su carpa. Esa noche se indicaron los equipos de trabajo, desenfundamos las linternas para realizar un reconocimiento del lugar y, más tarde, nos deleitamos con la cena preparada por el carismático Héctor, nuestro cocinero de lujo: fideos con salsa de tomate, cuatro quesos o salsa blanca. De postre, nada menos que frutillas con crema o dulce de leche.
Día 2: tarde de spa y trabajo en equipo
Habiendo sobrevivido a una noche fría, el martes nos despertó con el sol achicharrando las carpas. Después de desayunar, emprendimos una caminata hacia una gruta, donde los coordinadores preparamos algunos juegos. Más tarde, Jorge, el chofer del ómnibus que para ese entonces ya se había convertido en un integrante más del grupo, nos condujo a Villa Ventana para visitar un dique, en el que a pesar la temperatura del agua, muchos se animaron a mojarse. Quien no tuvo suerte esa tarde fue Dimitri, cuyos compañeros lo persiguieron para tirarlo al agua. El resto prefirió tomar sol o dormir una siesta bajo el sol.
Al regresar al camping, Eduardo inauguró un juego: en 40 minutos, y valiéndose de un plano, cada equipo debía armar una mesa con cañas de bambú. La actividad fue coordinada por Eduardo y Mariano, quien al finalizar la dinámica realizó una devolución a los chicos, a partir del comportamiento observado en cada equipo.
Día 3: ejercicio físico, asado para recuperar calorías y fiesta
El miércoles amanecimos temprano para dirigimos al Parque Provincial Ernesto Tornquist, donde se encuentra el cordón montañoso Sierra de la Ventana. Al llegar, y luego de las palabras de bienvenida del Guardaparque, emprendimos una caminata a Los Piletones; allí paramos para almorzar. Más tarde nos trasladamos a la otra punta del parque para comenzar el ascenso al Cerro Bahía Blanca, de 739 metros de altura. Durante la subida, la arenga del grupo fue el ingrediente clave para que Fede y Frankie lograran la cima. Una vez arriba, y gracias al buen tiempo, nos quedamos un largo rato contemplando el paisaje y sacando algunas fotografías. Tras el descenso, y después de compartir jugo y galletitas, regresamos al campamento.
En la cena disfrutamos de un gran asado que terminó con los preparativos para “la fiesta” de esa noche. Las mesas por un lado, los bancos por el otro, una linterna cubierta con papel crepe color naranja, un equipo de música provisto por uno de los chicos y listo, lo que hasta ahora había cumplido la función de cocina y comedor, en minutos se transformó en un boliche… o al menos algo parecido. Muchas de las chicas demostraron sus destrezas para el baile, mientras los chicos intentaban “moverse” lo mejor posible. Adriana, Marina, Héctor y Mariano, por su parte, no pudieron escapar de la invitación de los chicos y terminaron bailando al ritmo del reggaeton. Pasada la medianoche, las baterías de la linterna dieron por finalizada la fiesta y todos nos fuimos a dormir.
Día 4: pollo pasado por agua
El descanso vino más que bien para disfrutar de un jueves con mucho sol. Ese día volvimos a subir al ómnibus para dirigirnos al balneario Parque Norte, donde cada equipo debía preparar su propio almuerzo: pollo con arroz a la cacerola. Después de las indicaciones de Héctor, los integrantes de los grupos se distribuyeron las tareas y salieron en busca de leña para comenzar con la preparación del menú. El resultado, de más está decir, fue todo un éxito. Y quién sabe, tal vez la actividad haya despertado alguna vocación de chef en el grupo.
Habiendo lavado platos, utensilios y cacerolas, disparamos hacia el río para realizar una carrera de balsas y, luego, descansar. Pero no todo terminaba allí. Aún faltaba el plato fuerte del día: la salida en botes, donde los varones revirtieron la imagen dejada en la pista de baile, remando con gran coordinación y fuerza. Las chicas, por su parte, no pudieron seguirlos y tuvieron que pedir ayuda para dejar de girar sobre sí mismas. Una vez en marcha, remamos río arriba, donde se desencadenó una feroz guerra de agua en la que nadie consiguió mantener su ropa seca.
Agotados por la lucha, y antes de regresar al camping, pasamos por Villa Ventana para realizar una parada obligatoria: la fábrica de alfajores Mamuelquen. Más de uno, debemos reconocer, se vio tentado a comerse lo que en realidad era un obsequio para la familia.
La última noche la celebramos con pizzas y con un fogón en el que los distintos grupos prepararon canciones y algún cuento de suspenso. Antes de despedirnos, Eduardo se animó a contar “el cuento de la pata de mono” y Mariano realizó un cierre destacando el haber compartido la convivencia con los chicos y deseando que el vínculo generado se mantenga a lo largo de los años.