Una tira para introducir el tema...
Marco A. Gandásegui, h.
ALAI AMLATINA, 24/05/2012.- ¿Cuáles son las opciones abiertas a los pueblos latinoamericanos frente a la creciente ola de criminalidad que azota la región? No descartamos al hacer esta pregunta la creciente penetración del crimen organizado en nuestras instituciones. ¿Quiénes son los actores sociales que pueden enfrentar este flagelo con valor y decisión? Los gobernantes no pueden esconderse detrás de cifras manipuladas o echarle la culpa a grupos sociales inventados por las agencias internacionales.
El incremento de la criminalidad y sus consecuencias son el resultado de un proceso de desindustrialización que afecta a Panamá y a toda la región latinoamericana. La desindustrializacion ha tenido un impacto que va mucho más allá de los números y de las cifras económicas. La masa de trabajadores disciplinada tiende a desaparecer y ser reemplazada por el trabajador informal o precario. El trabajador informal es el ideal en la concepción equivocada del empresario que busca un “colaborador” para cumplir con tareas en el marco del concepto de “just in time” o justo a tiempo.
Este trabajador no tiene empleo estable y, como consecuencia, tampoco tiene una disciplina que le permita organizarse como trabajador y tampoco puede organizarse como hombre o mujer de familia.
No sólo se debilita el sindicato y todo lo que eso implica, también se desintegra la familia y todos los valores asociados a esa institución.
La desintegración de la familia hace estragos a nivel de la comunidad donde desaparece la red solidaria de jefes de familia, amas de casa y, sobre todo, de niños y adolescentes que adquieren sus valores primarios en ese marco.
Las instituciones comunitarias tienden a desparecer. Las escuelas son abandonadas por las familias desintegradas y los maestros que quedan tienden a frustrarse al no encontrar una referencia de apoyo en la comunidad. La escuela es invadida por elementos extracomunitarios asociados a la delincuencia, incluso al crimen organizado. Los jóvenes son reclutados por estas organizaciones con amplias redes. La corrupción, la “protección” y la trata de personas constituyen los primeros escalones. Después son introducidos a las tareas de distribución de drogas ilícitas y al control territorial de los mercados.
La desintegración de los centros de trabajo y de las organizaciones laborales son los primeros pasos en el camino hacia la formación de delincuentes. No hay que olvidar que a mediados del siglo XX (en el caso de Panamá), la desintegración de la comunidad campesina y la desaparición de ese tipo de organización familiar, fue reconstruida - tras un trauma - por la familia obrera en las formaciones urbanas.
En la actualidad, sin embargo, la familia obrera no está siendo reemplazada. Es lo que algunos ideólogos llaman la sociedad post industrial o pos moderna, sin valores y destinada a reproducirse sin referentes o valores.
La debacle o recesión económica del sistema capitalista a escala mundial ha creado un vacío que urge llenar con nuevas propuestas de organización social que le permitan a los pueblos del mundo reconstruir sus sociedades libres del crimen. El “boom” económico panameño – pasajero – debe servir para enfrentar la recesión que se avecina. Sin embargo, los gobiernos se resisten a planificar para el futuro.
Además, en muchos foros se insiste en levantar falsas expectativas en torno al problema del crimen organizado, planteando que no son problemas o que se deben a estructuras dañadas que pueden ser reparadas. En otras palabras, son problemas que pueden resolverse mediante ajustes parciales en las políticas sociales. Estos son los famosos programas focalizados que distribuyen prebendas en el marco de políticas clientelistas destinados al fracaso.
No se percatan que el crimen organizado es el resultado de políticas que se aplican en forma coherente al más alto nivel. Constituyen un conjunto de leyes que hacen inviables las actividades económicas productivas:
industria y agricultura. Que impide que los niños y adolescentes puedan completar su educación. Son políticas que destruyen sistemáticamente a las comunidades del país. ¿Por qué la legislación privilegia y promueve los negocios relacionados con los juegos del azar, la trata de blancas y el blanqueo de dinero? ¿Por qué se legisla para legalizar y supuestamente justificar la expropiación de las tierras de campesinos, indígenas y pescadores?
¿Qué justifica que se crean batallones militares especiales para reprimir a las comunidades que defienden sus tierras y que son acusadas de ser aliadas de fuerzas políticas insurrectas?
La seguridad nacional responde a una ecuación sencilla que no puede ser manipulada. En la base de la sociedad tiene que existir una población constituida por trabajadores – hombres y mujeres - productivos en cuya instancia familiar se forma la generación de relevo, que garantiza la estabilidad de la sociedad a largo plazo. Las políticas al más alto nivel tienen que resguardar esa constitución básica mediante planes y una legislación consecuente.
En la actualidad, sólo existen planes para que ciertos sectores de la sociedad puedan invertir capitales (de dudoso origen) en negocios rentables. No existen planes para invertir los enormes ingresos del gobierno en actividades productivas, como la industria y el agro. Esta contradicción que se presenta en todos los países de la región explica la profundización cada vez más peligrosa de la criminalización de las relaciones sociales a todos los niveles de la sociedad.
Panamá, 24 de mayo de 2012.
- Marco A. Gandásegui, hijo, es docente de la Universidad de Panamá e investigador asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) Justo Arosemena.
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martes, 29 de mayo de 2012
martes, 22 de mayo de 2012
jueves, 10 de mayo de 2012
Why Bilinguals Are Smarter
By YUDHIJIT BHATTACHARJEE
Published: March 17, 2012
SPEAKING two languages rather than just one has obvious practical benefits in an increasingly globalized world. But in recent years, scientists have begun to show that the advantages of bilingualism are even more fundamental than being able to converse with a wider range of people. Being bilingual, it turns out, makes you smarter. It can have a profound effect on your brain, improving cognitive skills not related to language and even shielding against dementia in old age.
This view of bilingualism is remarkably different from the understanding of bilingualism through much of the 20th century. Researchers, educators and policy makers long considered a second language to be an interference, cognitively speaking, that hindered a child’s academic and intellectual development.
They were not wrong about the interference: there is ample evidence that in a bilingual’s brain both language systems are active even when he is using only one language, thus creating situations in which one system obstructs the other. But this interference, researchers are finding out, isn’t so much a handicap as a blessing in disguise. It forces the brain to resolve internal conflict, giving the mind a workout that strengthens its cognitive muscles.
Bilinguals, for instance, seem to be more adept than monolinguals at solving certain kinds of mental puzzles. In a 2004 study by the psychologists Ellen Bialystok and Michelle Martin-Rhee, bilingual and monolingual preschoolers were asked to sort blue circles and red squares presented on a computer screen into two digital bins — one marked with a blue square and the other marked with a red circle.
In the first task, the children had to sort the shapes by color, placing blue circles in the bin marked with the blue square and red squares in the bin marked with the red circle. Both groups did this with comparable ease. Next, the children were asked to sort by shape, which was more challenging because it required placing the images in a bin marked with a conflicting color. The bilinguals were quicker at performing this task.
The collective evidence from a number of such studies suggests that the bilingual experience improves the brain’s so-called executive function — a command system that directs the attention processes that we use for planning, solving problems and performing various other mentally demanding tasks. These processes include ignoring distractions to stay focused, switching attention willfully from one thing to another and holding information in mind — like remembering a sequence of directions while driving.
Why does the tussle between two simultaneously active language systems improve these aspects of cognition? Until recently, researchers thought the bilingual advantage stemmed primarily from an ability for inhibition that was honed by the exercise of suppressing one language system: this suppression, it was thought, would help train the bilingual mind to ignore distractions in other contexts. But that explanation increasingly appears to be inadequate, since studies have shown that bilinguals perform better than monolinguals even at tasks that do not require inhibition, like threading a line through an ascending series of numbers scattered randomly on a page.
The key difference between bilinguals and monolinguals may be more basic: a heightened ability to monitor the environment. “Bilinguals have to switch languages quite often — you may talk to your father in one language and to your mother in another language,” says Albert Costa, a researcher at the University of Pompeu Fabra in Spain. “It requires keeping track of changes around you in the same way that we monitor our surroundings when driving.” In a study comparing German-Italian bilinguals with Italian monolinguals on monitoring tasks, Mr. Costa and his colleagues found that the bilingual subjects not only performed better, but they also did so with less activity in parts of the brain involved in monitoring, indicating that they were more efficient at it.
The bilingual experience appears to influence the brain from infancy to old age (and there is reason to believe that it may also apply to those who learn a second language later in life).
In a 2009 study led by Agnes Kovacs of the International School for Advanced Studies in Trieste, Italy, 7-month-old babies exposed to two languages from birth were compared with peers raised with one language. In an initial set of trials, the infants were presented with an audio cue and then shown a puppet on one side of a screen. Both infant groups learned to look at that side of the screen in anticipation of the puppet. But in a later set of trials, when the puppet began appearing on the opposite side of the screen, the babies exposed to a bilingual environment quickly learned to switch their anticipatory gaze in the new direction while the other babies did not.
Bilingualism’s effects also extend into the twilight years. In a recent study of 44 elderly Spanish-English bilinguals, scientists led by the neuropsychologist Tamar Gollan of the University of California, San Diego, found that individuals with a higher degree of bilingualism — measured through a comparative evaluation of proficiency in each language — were more resistant than others to the onset of dementia and other symptoms of Alzheimer’s disease: the higher the degree of bilingualism, the later the age of onset.
Nobody ever doubted the power of language. But who would have imagined that the words we hear and the sentences we speak might be leaving such a deep imprint?
Yudhijit Bhattacharjee is a staff writer at Science.
This article has been revised to reflect the following correction:
Correction: March 25, 2012
Para ver la nota, hacer click acá.
martes, 8 de mayo de 2012
Malvinas en el contexto geoestratégico regional
Rina Bertaccini
ALAI AMLATINA, 25/04/2012.- La cuestión Malvinas ha trascendido ampliamente los límites de la República Argentina. Hoy es una causa latinoamericana y, en cierta medida, alcanza una dimensión mundial. La explicación de este hecho tan significativo –esperanzador en un sentido y preocupante en otro- debe buscarse precisamente en el análisis del contexto geoestratégico de América Latina y su relación con la crisis global que atraviesa la civilización capitalista.
Un examen exhaustivo excede largamente los márgenes de este artículo.
Pero intentaremos echar una mirada en esa dirección tomando como punto de partida la idea de que Malvinas no es una cuestión aislada y por eso conviene considerarla como parte de una geoestrategia regional.
Tenemos en cuenta, asimismo, que en el continente actúan básicamente dos estrategias contrapuestas, la del imperialismo que intenta seguir ejecutando sus proyectos de dominación y la de las fuerzas populares que luchan por afirmar su soberanía y conquistar la plenitud de derechos para las amplias mayorías.
Una rémora del pasado colonial
A esta altura de los acontecimientos parecería innecesario señalar que la ocupación británica de los archipiélagos de las Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur es una rémora del colonialismo del siglo XIX.
Sin embargo estamos obligados a hacerlo frente a las insólitas declaraciones del primer ministro inglés David Cameron que acusa de “colonialista” a la Argentina por no reconocer la supuesta “autodeterminación” de los actuales habitantes de las islas.
Como no podemos pensar que semejante desatino se debe a la ignorancia, preferimos preguntarnos a dónde apunta el representante oficial del imperio que todavía en el siglo XXI mantiene en el mundo diversas posesiones coloniales conquistadas mediante guerras y actos de piratería. Precisamente de ese modo, y con la ayuda decisiva de los EEUU, en 1833, desalojaron violentamente a la guarnición militar y a la población argentina que vivía en Malvinas y trasplantaron a súbditos británicos, provenientes de distintos lugares, con el objetivo de consolidar la usurpación. Ese acto pirata –que no fue un hecho aislado sino la expresión de una política de expansión colonial desplegada en el mundo entero– es el origen de la población malvinense que ahora quieren presentar como un pueblo con derecho a la autodeterminación.
La pretensión no resiste el menor análisis. La propia ONU reconoce que existe una ocupación colonial y que se trata de un problema de violación de la integridad territorial de un país soberano (la Argentina) situación a la que se debe poner fin mediante una negociación pacífica entre ambas partes en conflicto, a lo cual se niega sistemáticamente la Corona Británica.
Algo más que una supervivencia del pasado
Pero no se trata únicamente de una supervivencia del pasado colonial.
Las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, como lo hemos señalado en trabajos anteriores, son hoy una pieza importante en la estrategia global del imperialismo y particularmente en el accionar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), maquinaria de guerra, actualmente extendida por todo el planeta.
La posesión de nuestros archipiélagos les permite el control de la parte sur del Océano Atlántico, de las rutas marítimas que unen América del Sur con Africa y su conexión con el continente Antártico y con los países del Pacífico a través del Estrecho de Magallanes y el Pasaje de Drake, todo lo cual tiene una enorme importancia económica y geopolítica. Están en juego los cuantiosos recursos naturales de la plataforma continental argentina –una de las más extensas del mundo– que hoy usufructúan ilegalmente mediante la venta de licencias de pesca y de exploración de petróleo a empresas trasnacionales, de lo cual obtienen ganancias millonarias a costa de la depredación de bienes naturales que pertenecen al pueblo argentino. Es por todo ello que Gran Bretaña se niega a entablar negociaciones por la soberanía.
Malvinas y el Atlántico Sur en el proyecto de la OTAN global
Es precisamente para resguardar el despojo, pero también para contribuir a la expansión global de la OTAN que han construido en la Isla Soledad (Archipiélago de las Malvinas) la gran base militar de Mount Pleasant, inaugurada en 1986, que dispone de una pista de aterrizaje de 2.600 metros de longitud, un puerto de aguas profundas (denominado Mare
Harbour) donde atracan submarinos atómicos, así como de silos para almacenar armas nucleares e instalaciones con capacidad para albergar varios miles de efectivos militares.
Obviamente, no hace falta tamaño enclave militar para “defender a 2.800 malvinenses” que no son objeto de ataque alguno. Por el contrario, la Fortaleza de la OTAN en Malvinas constituye una amenaza real para los pueblos de la región pues acerca peligrosamente la guerra a las costas latinoamericanas. Pero, además, la misma existencia de la Fortaleza Malvinas y las actividades de entrenamiento bélico que en ella se realizan (por ejemplo, de contingentes de soldados de la OTAN que participan en la guerra de Afganistán y permanecen en Malvinas durante seis semanas) contradicen abiertamente la Resolución 41/11 de las Naciones Unidas que declara el Atlántico Sur una Zona de Paz y Cooperación. En la misma política se inscribe la reciente decisión unilateral británica de establecer en torno a las Islas Georgias y Sandwich del Sur una zona de exclusión pesquera de un millón de kilómetros cuadrados que será patrullada por naves de guerra del Reino Unido.
Vale recordar que la citada Resolución de la Asamblea General de la ONU, aprobada el 27 de octubre de 1986, puntualmente (párrafo 3º) “exhorta a todos los Estados de todas las demás regiones, en especial a los Estados militarmente importantes, a que respeten escrupulosamente la región del Atlántico Sur como zona de paz y cooperación, en particular mediante la reducción y eventual eliminación de su presencia militar en dicha región, la no introducción de armas nucleares o de otras armas de destrucción masiva y la no extensión a la región de rivalidades y conflictos que le sean ajenas”.
Todo lo cual, agregado a la reactivación, en 2008, de la IV Flota de Guerra de los Estados Unidos que se desplaza libremente “por las aguas azules, verdes y marrones” del hemisferio occidental, instala nuevas e inquietantes amenazas a la paz en Nuestra América.
Para calibrar adecuadamente la magnitud de tales amenazas resulta imprescindible analizar el actual desarrollo de la crisis mundial y tomar en cuenta, por ejemplo, los recientes sucesos en el mundo árabe donde se combinan operaciones neocoloniales del imperio, maniobras de inteligencia y la intervención militar directa como en el caso de Libia.
Tal como advierte el economista Jorge Beinstein “nos encontramos ante la apariencia de una convergencia de numerosas ‘crisis’, en realidad se trata de una única crisis gigantesca, con diversos rostros, de dimensión
(planetaria) nunca antes vista en la historia, su aspecto es el de una gran crepúsculo que amenaza prolongarse durante un largo período”.
Beinstein señala además otro dato de la realidad que no puede ignorarse a la hora de evaluar peligros de guerra: “Actualmente el Complejo Militar Industrial norteamericano (en torno del cual se reproducen los de sus socios de la OTAN) gasta en términos reales más de un billón (un millón de millones) de dólares".
Tal volumen de gastos improductivos no hace sino agudizar la crisis capitalista especialmente en los países centrales –Gran Bretaña y Estados Unidos entre ellos– cuyas elites gobernantes pueden verse tentadas a buscar “soluciones” a la crisis en nuevas aventuras bélicas.
La militarización imperial en nuestros días
Volvamos ahora a la cuestión de la OTAN, el bloque militar que en el presente protagoniza todas las guerras y agresiones armadas contra los pueblos. En su última cumbre, realizada en Portugal en noviembre de 2010, la OTAN ha proclamado su carácter global, es decir la decisión de actuar en todos los continentes y todos los espacios marítimos del planeta como brazo armado del poder imperial.
Para eso cuenta con la red de bases militares extranjeras de Estados Unidos, Gran Bretaña y otros Estados de la OTAN, con las flotas de guerra de las potencias centrales (portaviones, barcos, submarinos atómicos y aviones de combate) que constituyen verdaderas bases militares móviles; con una masa letal de armamentos modernos capaces de destruir el mundo; con decenas de miles de efectivos de las fuerzas armadas oficiales y una multitud de mercenarios reclutados por “empresas contratistas”, repartidos en distintos países.
Al respecto, y aunque es sabido, no conviene olvidar que el Jefe de la OTAN ha sido desde su fundación en 1949, y sigue siendo hasta hoy, un general del Pentágono, de donde provienen las orientaciones estratégicas, la dirección efectiva y los planes concretos que llevarán a cabo los miembros de la alianza atlántica para mantener la dominación imperialista a escala global. De esta maquinaria infernal provienen las principales amenazas que enfrenta la humanidad en estos días.
Formas renovadas para un viejo proyecto
La militarización imperial en América Latina se ha expresado históricamente de maneras diversas, pero su esencia no ha variado. Tanto en las nuevas como en las viejas formas el objetivo ha sido y sigue siendo el mismo: lograr la dominación y la explotación de nuestros pueblos. Sobre las formas renovadas que asume el proyecto imperial y la actual ofensiva de remilitarización, pueden consultarse dos documentos elaborados en los últimos años. Me refiero al “Joint Visión 2020”
(Visión conjunta 2020) y a otro titulado “United States Southern Command Strategy 2018“ (Estrategia del Comando Sur de los EEUU hacia el 2018).
El primero fue elaborado por el conjunto de los comandos del Pentágono y el segundo, por el Comando Sur. En ambos casos se expresa, más o menos claramente, un proyecto de recolonización del continente.
El núcleo del documento Visión Conjunta 2020 es la doctrina de la dominación de espectro completo entendida como “la capacidad de las fuerzas de los EEUU, operando unilateralmente o en combinación con aliados multinacionales o fuerzas inter-agencias, de derrotar a cualquier adversario y controlar cualquier situación a lo largo de todo el espectro de operaciones militares."
Y, explica: dichas operaciones “incluyen el mantenimiento de una postura de disuasión estratégica. Incluyen acción en el teatro de operaciones y actividades de presencia. Incluyen el conflicto con empleo de fuerzas estratégicas y armas de destrucción masiva, guerras de teatro principal, conflictos regionales y contingencias de menor escala. También incluyen aquellas situaciones ambiguas que se ubican entre la paz y la guerra, tales como las operaciones para mantener y hacer cumplir la paz, así como operaciones no-combativas de ayuda humanitaria".
Con toda crudeza nos están advirtiendo qué podemos esperar de las guerras imperialistas del siglo XXI: una acción global desplegada en todos los dominios: el específicamente militar con su poder letal, pero también en el plano político, económico, ideológico y cultural, sin limitación o condicionamiento jurídico o moral de ninguna clase. No es una simple amenaza, es lo que hicieron en el año 2011 en Libia; es la forma en que ejecutaron a Bin Laden, en Pakistán. Es lo que denuncia el investigador canadiense Rick Rozoff en relación al uso de aviones sin piloto en un ataque bélico “libre de riesgo y por encima de la ley”.
En el segundo documento mencionado anteriormente “La Estrategia del Comando Sur hacia 2018” –fechado en diciembre de 2008– se concretan los conceptos de VC 2020 como objetivos para América Latina y el Caribe (6).
En él afirman la idea de que el sistema de seguridad a nivel continental debe garantizar al Pentágono la posibilidad de realizar operaciones en cualquiera de los países de la que consideran su “área de responsabilidad” y también en los que denominan “espacios neutrales”, es decir aguas internacionales, espacio aéreo, espacio cibernético. El Atlántico Sur podría ser uno de ellos.
Una alternativa esperanzadora
Dijimos al principio que en el continente actúan básicamente dos estrategias contrapuestas, y describimos después los peligros que se derivan de la estrategia imperial.
Digamos ahora que en América Latina y el Caribe se está construyendo una estrategia común de las fuerzas que se oponen a los proyectos de dominación. Una alternativa que viene de la mano de los pueblos que luchan por la paz y por su plena soberanía en el marco de un original proceso de integración regional, con la creación de la Unasur, el ALBA y la nueva Comunidad de Estados de América latina y el Caribe (CELAC). Un proceso esperanzador en el que diversos gobiernos toman distancia de las hipótesis de conflicto y los proyectos imperiales de dominación y buscan alternativas y caminos comunes para construir políticas propias de seguridad y defensa nacional. En esa búsqueda se inscribe la conformación del Consejo de Defensa Suramericano de Unasur y la reciente inauguración en Buenos Aires del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa, así como la apertura en Bolivia de una Escuela de Defensa de los Países del ALBA.
Precisamente, los Estados de Unasur, del ALBA y la CELAC, al igual que el Mercosur, son los que hoy están asumiendo la causa Malvinas como una cuestión no sólo argentina, sino también de los países de Nuestra América, con lo cual se fortalece sustancialmente el reclamo de descolonización de Malvinas y desmilitarización del Atlántico Sur.
Frente a la actual ofensiva político-diplomática del gobierno argentino, los países hermanos cierran filas en apoyo a la reivindicación de la soberanía argentina, así como en la exigencia de que la Corona Británica respete las resoluciones de la ONU e inicie las correspondientes negociaciones. Pero, esta vez, la decisión de los gobiernos latinoamericanos y caribeños fue más allá de las declaraciones de solidaridad y adoptaron algunas medidas concretas que afectan económica y políticamente los intereses imperialistas, como es el caso de prohibir el atraque de barcos con la bandera ilegal de Malvinas (que como declaró el presidente uruguayo no es la bandera de un país sino de un enclave colonial que desafía la legalidad internacional).
En el mismo sentido, tiene un gran significado el anuncio del canciller brasileño –anuncio hecho en Brasilia durante una conferencia de prensa realizada el 18 /01 / 2012, en presencia del canciller británico– informando que los gobiernos de Uruguay y Brasil están trabajando “para convocar una conferencia de la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur, que reuniría a países suramericanos y africanos con costa atlántica”. De concretarse la iniciativa, puede ser otro serio revés para los planes de Gran Bretaña y la OTAN en la región.
Rina Bertaccini es presidenta del Movimiento por la Paz, la Soberanía y la Solidaridad entre los Pueblos (Mopassol) de Argentina y vicepresidenta del Consejo Mundial por la Paz.
Este texto es parte de la revista “América Latina en Movimiento”, No 474, correspondiente a abril 2012 y que trata sobre " La descolonización inconclusa” disponible en http://alainet.org/publica/474.phtml.
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Se vende la naturaleza
Frei Betto
ALAI AMLATINA, 30/04/2012.- En vísperas de Rio+20 es imprescindible denunciar la nueva ofensiva del capitalismo neoliberal: la mercantilización de la naturaleza. Ya existe el mercado de carbono, establecido por el Protocolo de Kyoto (1997), el cual determina que los países desarrollados, principales contaminadores, reduzcan sus emisiones de gases de efecto estufa en un 5.2 %.
Reducir el volumen de veneno vomitado por esos países a la atmósfera implica reducir las ganancias. Por eso se inventó el crédito del carbono. Una tonelada de dióxido de carbono (CO2) equivale a un crédito de carbono. El país rico o sus empresas, al sobrepasar el límite de contaminación permitida, compra el crédito del país pobre o de sus empresas que todavía no alcanzaron sus respectivos límites de emisión de
CO2 y de este modo queda autorizado a emitir gases de efecto estufa. El valor de ese permiso debe ser inferior a la multa que el país rico pagaría, en el caso de que sobrepasara su límite de emisión de CO2.
Pero surge ahora una nueva propuesta: la venta de servicios ambientales.
Léase: apropiación y mercantilización de las selvas tropicales, bosques plantados (sembrados por el ser humano) y ecosistemas. Debido a la crisis financiera que afecta a los países desarrollados el capital anda buscando nuevas fuentes de lucro. Al capital industrial (producción) y al capital financiero (especulación) se le suma ahora el capital natural (apropición de la naturaleza), conocido también como economía verde.
La diferencia de los servicios ambientales es que no son prestados por una persona o empresa, sino ofrecidos, gratuitamente, por la naturaleza:
agua, alimentos, plantas medicinales, carbono (su absorción y almacenamiento), minerales, madera, etc. La propuesta es poner un basta a dicha gratuidad. En la lógica capitalista el valor de cambio de un bien está por encima de su valor de uso. Por lo cual los bienes naturales deben tener precio.
Los consumidores de los bienes de la naturaleza pasarían a pagar, no sólo por la administración de la "manufactura" del producto (igual que pagamos por el agua que sale por el grifo en casa), sino por el bien mismo. Sucede que la naturaleza no tiene cuenta bancaria para recibir el dinero pagado por los servicios que presta. Los defensores de esta propuesta afirman que, por tanto, alguien o alguna institución debe recibir el pago (el don de la selva o del ecosistema).
Tal propuesta no toma en cuenta a las comunidades que habitan en las selvas. Dice una habitante de la comuidad de Katobo, selva de la República Democrática del Congo: "En la selva recogemos leña, cultivamos alimentos y comemos. La selva proporciona todo: legumbres, toda clase de animales, y eso nos permite vivir bien. Por eso nos sentimos muy felices en nuestra selva, porque nos permite conseguir todo lo que necesitamos.
Cuando oímos que la selva puede estar en peligro, eso nos preocupa, porque no podríamos vivir fuera de la selva. Y si alguien nos ordenara salir de la selva, quedaríamos con mucha rabia, porque no podemos imaginar una vida que no sea dentro o cerca de la selva. Cuando plantamos alimentos, tenemos comida, tenemos agricultura, y también caza, y las mujeres recogen mariscos y peces en los ríos. Tenemos diferentes tipos de legumbres, y también plantas comestibles de la selva, y frutas y todo tipo de cosas que comemos, que nos dan fuerza y energía, proteínas, y todo lo que necesitamos".
El comercio de servicios ambientales ignora esa visión de los pueblos de la selva. Se trata de un nuevo mecanismo de mercado, por lo cual la naturaleza es cuantificada en unidades comercializables.
Esta idea, que suena como absurda, surgió en los países industrializados del hemisferio Norte en la década de 1970, cuando se dio la crisis ambiental. Europa y los Estados Unidos comprendieron que los recursos naturales son limitados. La Tierra no tiene forma de ser ampliada. Y está enferma, contaminada y degradada.
Ante esto los ideólogos del capitalismo propusieron valorar los recursos naturales para salvarlos. Calcularon el valor de los servicios ambientales entre US$ 160 mil y 540 mil millones (el PIB mundial, o sea la suma de bienes y servicios, totaliza actualmente US$ 620 mil millones). "Es el momento de reconocer que la naturaleza es la mayor empresa del mundo, trabajando para beneficiar al 100 % de la humanidad, y lo hace de gratis", afirmó Jean-Cristophe Vié, director del Programa de Especies de la IUCN, principal red global para la conservación de la naturaleza, financiada por gobiernos, agencias multilaterales y empresas multinacionales.
En 1969 Garret Hardin publicó el artículo "La tragedia de los comunitarios", para justificar la necesidad de cercar la naturaleza, privatizarla, y garantizar así su preservación. Según el autor, el uso local y gratuito de la naturaleza, como lo hace una tribu indígena, acaba en destrucción (lo que no corresponde a la verdad). La única forma de preservarla para el bien común es volverla administrable por quien tenga competencia, o sea las grandes corporaciones empresariales. He ahí la tesis de la economía verde.
Pero de sobra sabemos cómo enfocan ellas la naturaleza: como mera productora de "commodities". Por lo cual empresas extranjeras compran, en el Brasil, cada vez más tierras, lo que significa una desapropiación mercantil de nuestro territorio. (Traducción de J.L.Burguet)
- Frei Betto es escritor, autor de "El amor fecunda el Universwo.
Ecología y espiritualidad", entre otros libros.
http://www.freibetto.org/> twitter:@freibetto.
Copyright 2012 – Frei Betto - No es permitida la reproducción de este artículo por cualquier medio, electrónico o impreso, sin autorización.
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